viernes, 2 de mayo de 2008

Voluntario de guerra, aún en lucha



A comienzos de los años 80, muchos jóvenes se escondían. No iban a las fiestas ni discotecas, no salían de sus casas, se iban del país en la primera oportunidad. Vivían con la zozobra de ser capturados para prestar el servicio militar obligatorio. Pero Javier Cortés Estrada no era uno de ellos. Más bien fue de los que se enroló en las filas del Ejército Popular Sandinista y sufrió las heridas de la guerra incluso antes de que hicieran el primer llamado a nivel nacional. “Yo me enlisté porque lo consideré necesario. Me fui voluntario aunque no tenía la edad. Tenía 16 años y una novia muy bonita. Era un chavalo como cualquier otro. Pero me fui por mis convicciones”.



Una muchacha todavía en pijamas abre la puerta de hierro de una de las 26 casas de la colonia Eche Guevara. En la sala hay un escritorio de metal ya corroído, y encima un monitor de computadora aparentemente inservible. Hay también unas sillas plásticas verdes y una grabadora que suena canciones románticas de moda.


Don Javier Cortés Estrada, de 40 años, vive en esta casa que consiguió con la ayuda de la Organización Revolucionaria de Discapacitados de Guerra (ORD), luego de que tres charneles, que recibió en el frente de guerra allá por Quilalí, lo dejaran lisiado de por vida. “Vivo feliz aquí en mi casa. Vivimos mi hermano, su esposa e hijos, mi pareja y yo”.
Cuando don Javier habla de su vida, del pasado y del presente, lo hace con total normalidad. No se mira en su rostro esa expresión de desesperanza y abatimiento que muchos lisiados – y también no lisiados- tienen. Todo lo contrario, cuenta su historia como una novela con un final un tanto radiante. Eso sí, también subraya que “para llegar hasta aquí he tenido que caminar un montón”.


Este hombre delgado, moreno y hablantín fue de los “jóvenes sin juventud” como él mismo lo dice. La voluntad de ir a combatir a la guerra nació desde años antes del triunfo de la Revolución. Teniendo solamente doce años, Javier notaba las extrañas desapariciones de jóvenes que eran llevados por la Guardia, cuyo único delito era tener el pelo largo o llevar algún raspón que probablemente se habían hecho jugando fútbol. “La Guardia agarraba a todos los muchachos que viera sospechosos, por cualquier cosita ellos te llevaban a matar. Todas esas cosas te ponen a pensar”.


La radio grabadora sigue encendida, don Javier habla sentado en una silla de ruedas especial para practicar deportes. De repente aparece en la sala un perro de esos “comecuandohay” que persigue a una raquítica gallina. También marcó mucho su forma de pensar, un tío con el que compartía su casa. “Mi tío andaba metido en el sandinismo. Me hablaba mucho de la necesidad de derrocar a Somoza para que Nicaragua fuera libre”.
Luego vino el triunfo de la Revolución. Pero al poco rato una guerra civil se avecinaba. Ese episodio de la historia que más de once mil nicaragüenses discapacitados no pueden olvidar. “Cuando la situación se pone difícil luego del triunfo, yo no quería que las cosas volvieran a lo mismo. No quería que otra vez la guardia se llevara a jóvenes. Entonces había que luchar.”
En estos años, a la juventud le tocó una carga muy pesada de la crisis política y militar. Muchos como Javier se dejaron llevar por un idealismo de heroicidad. Hoy, probablemente ese heroísmo sea juzgado como falta de realismo. “Mis papás estaban en contra de que mis hermanos y yo nos fuéramos, pero nos dieron la libertad de decidir.”



En 1983, cuando tenía 16 años, Cortés Estrada se enlistó en el Batallón 20-05 en Tipitapa. Ahí aprendió lo básico de artillería militar. También aprendió el oficio de zapador (soldado experto en hacer trincheras). Luego lo trasladan a Linda Vista al Batallón 38-83. El escuadrón es movilizado a la 1era región en la zona de Quilalí y Jalapa. Desde que llegó, Javier estuvo en el frente de guerra.



Mientras el perro “comecuandohay” juega alrededor de la silla de su amo, éste reflexiona: “Éramos un grupo de 9 ó 10 jóvenes. Todos nos hicimos amigos, pero nunca, ninguno de nosotros se imaginaba que podíamos quedar lisiados de por vida. Crees que te podés morir, pero no quedar así.” En Nicaragua, hay una gran cantidad de personas que quedaron en sillas de ruedas, por lo que conforman un grupo importante de la población que reclama su lugar en la sociedad.
Un día de tantos el pelotón de Cortés se dedicó a hacer fiesta. Todos empezaron a tomar licor. En ese entonces él no tomaba, era el encargado, junto con otros dos que tampoco lo hacían, de comprar el alcohol necesario para seguir parrandeando. “Uno de los que estaba tomando tenía problemas de psicosis, antes del triunfo había andado en la guerra. Cuando estaba bolo creía que estaba la Guardia y se ponía nervioso. De repente empezó a disparar, de dicha nadie salió herido. Pero los superiores se dieron cuenta del alboroto entonces se arrechan y de castigo nos mandan en un camión a Quilalí. El general ordena que nuestro grupo vaya al frente, justo donde está la Contra. Esa era la sanción.”



En ese momento la contra se reagrupaba, el Ejército Sandinista necesitaba unir fuerzas. Distribuyen, formando un anillo, a todos los soldados disponibles en grupos de cien para acorralar a las fuerzas contrarias. Ahí se encontraba Cortés, cuando la Contra se sofoca y empieza a lanzar morteros. “Esos morteros no son como los de ahora. Eran muchísimo más potentes. Llevaban pedazos de charneles, hierro, de todo...”. Uno de esos morteros cayó lo suficientemente cerca como para que impactaran en él tres charneles. Uno en el tobillo, otro en el costado y un último en la columna. “Me caí, me di contra una piedra y me quebré un diente. Un amigo, para salvarme se tiro encima de mí para evitar que me dispararan. El charnel que me pegó en la costilla, me lesionó el riñón derecho y el hígado”.



Una mujer de unos 30 años pasa desfilando por la pequeña sala de piso descolorado y lodoso, tropieza con el escritorio sarroso. La mujer camina apoyada de unas muletas. No tiene una pierna. Es la pareja actual de don Javier. “Al inició de mi recuperación me costó entablar relaciones sentimentales, pero ahora estoy happy. Tengo mi mujer, he tenido varias. Tengo también una hija de diecisiete años, de una relación pasada”.


Pero hace 24 años don Javier no estaba “happy”. Cuando se vio herido de gravedad, no tenía esperanzas de sobrevivir. “Al verme herido, mis amigos me sacaron. Yo no quería, yo quería que siguieran peleando y ahí me dejaran”. Sus compañeros lo trasladan hasta un centro de salud donde lo atienden unos paramédicos estudiantes de medicina. Sangraba internamente, por lo que el líquido se alojaba en el pulmón. Era urgente que lo operaran para poner a funcionar el otro órgano y así pudiera respirar. A los seis días, de casualidad, llega una avioneta a dejar provisiones, entonces aprovechan mandarlo a Managua. Lo trasladan al Hospital Militar, donde lo ponen en cuidados intensivos. Le practican una traqueotomía exploratoria. “Mi papá llegó a verme. Mi mama me tenía que ver por una ventanita porque no dejaban entrar a nadie.” Por supuesta negligencia médica, le dejan de poner oxígeno. Se agrava, se ve al borde de la muerte. Los doctores le hacen una perforación en el pecho para que pueda respirar.


Con el tiempo se recupera un poco. Todavía se encuentra débil porque desde que estaba “en la guerra no comíamos. Por allá que una naranjita.....”. Se percata de que no siente los pies. El charnel que le impactó en la columna le provocó una desviación lo que a su vez le produjo una compresión que le afectó la médula.


- Me tenían que hacer otra cirugía para componer la columna. Me mandaron a otra clínica donde me daban mejor comida. Pero me vieron mejora y me mandaron a rehabilitación -. En ese momento, don Javier se convence de la seriedad de su problema. ­-¿Para que puta quiero vivir hecho mierda?, decía yo. Me traté de matar, me tiré a un cauce que había cerca de la clínica de rehabilitación, pero un enfermero me sacó”-.


La psicóloga Wendy Bellanger expresa que es necesario que los discapacitados de guerra pasen por un período de terapias porque generalmente sufren de estados mentales depresivos. El aspecto psicológico, el apoyo familiar y la seguridad económica son fundamentales para que el discapacitado pueda lanzarse a su nueva realidad.
- Cuando quedas lisiado tenés unas consecuencias psicológicas bien grandes. Te ponés a pensar: ¿y la novia? ¿y la bailadera?” - cuenta don Javier. - Iba a ser carga de mis viejos. Pensás que ya nada de novia, que cual estudio. Tu vida cambia. Me iba a quedar acostado en una cama de por vida-.


Recuerda también que al comienzo no le gustaba andar por las calles en silla de ruedas. Cuando estaba en las paradas de buses la gente le daba limosnas. - A veces viejitos más necesitados que yo, me daban. Eso me desbarataba emocionalmente. Si se las aceptaba me sentía mal, y si no se las aceptaba decían que era malagradecido-; cuenta, ahora divertido.
El perro sigue jugueteando entre las piernas inmóviles de su amo. Éste sigue hablando, ignora la presencia del can que muerde su pantalón alicrado color negro. “Hice terapias psicológicas. Me dieron de alta, salí con bastón. Pero para mí, un bastón era peor que una silla de ruedas. Me quisieron poner aparatos ortopédicos, pero no me gustó. Parece caballo de coche uno. No quise los aparatos porque los músculos no trabajan. Yo quería recuperarme por mi cuenta”.


Actualmente el costo de una silla de ruedas de las normales cuesta unos 500 dólares. Las especiales andan entre $3,500 y $5,000 dólares. Don Javier cuenta con tres de las especiales, que ha conseguido gracias al centro de Capacitación a Discapacitados de Centroamérica (CADISCA). Este organismo convierte en técnicos a las personas que usan sillas de ruedas, también su labor está en lograr que cada uno de sus miembros logre reinsertarse en la sociedad y hacer una vida normal.
“Soy muy afortunado porque cuando entre a la clínica de rehabilitación me di cuenta de que había personas con situaciones peores que la mía. La vida no se acaba, es cierto que tenés limitantes, pero todo mundo las tiene. Si no son físicas, son mentales”. Luego de un período, sale del centro. Se lanza de nuevo a la sociedad, a la lucha. A los seis meses lo llaman para ser dirigente de la ORD. Lo ubican de coordinador de la parte deportiva.



A don Javier le gustan mucho los deportes. Representó a Nicaragua en un maratón de discapacitados en México. Practica todos los martes y jueves básquetbol en una cancha que se encuentra justo en frente de su casa. “Yo soy uno de los cinco instructores que hay en el país con título de manejo de sillas de ruedas”.
Don Javier Cortés, el año pasado, en una de las competencias de básquetbol
Pero al salir a las calles, se da cuenta de las limitantes que hay en una ciudad como Managua, que crece en desorden y en donde nunca se toman en cuenta las necesidades de los discapacitados, que transitan en la ciudad como en un nuevo campo de batalla. “En un centro de salud, ¡Sólo hay escaleras! ¿Cómo vamos a subir esas gradas los lisiados, los viejitos, las embarazadas?”.
Javier también habla del poco apoyo que han tenido los lesionados de guerra de parte de los gobiernos anteriores. “Vimos que no tienen voluntad de ayudarnos porque nos cerraron los centros de ayuda. Ahorita suscribimos convenios con el actual presidente.”



Cortés sigue siendo sandinista. - Soy sandinista danielista, militante del FSLN y he sido fiscal de mi partido en todas las elecciones que han habido- cuenta. Del total de discapacitados de guerra en el país, se calcula que un 65% combatió en las filas sandinistas.
Al preguntarle a don Javier sobre su manutención económica, dice que el INSS le pasa C$ 1,500 córdobas. Esta cifra es relativamente alta si se compara con otras pensiones de lisiados quienes reciben entre C$100 y C$ 380 córdobas. “Me mantengo con las promotorías sociales que hago, con pequeños proyectos”. Trabaja temporalmente con la Asociación de Discapacitados Físicos de Nicaragua (ADIFIN) como promotor de crédito.


“Todas estas cosas me llenan de satisfacción, porque siento que estoy aportando para el futuro. Trabajo por mi cuenta. Di charlas de autoestima, de auto cuido. Aquí tengo los folletos”. Mientras dice esto saca de una de las gavetas del escritorio viejo unos cuadernos encolochados que muestra con orgullo.


- ¿No se arrepiente de haber ido a la guerra?-.
No me arrepiento de haber ido a la guerra-.
¿Valió la pena haber quedado lisiado?-.
Al final, yo creo que si valió la pena la guerra, porque ahora tenemos leyes que respetar, no como antes que mataban a cualquiera a la hora que fuera.
El perro se cansa de morder el pantalón de don Javier y se va de la sala. La música sigue sonando de fondo. Don Javier concluye reflexionando, con una sonrisa de satisfacción, que “talvez no alcanzamos los objetivos que queríamos, pero al fin logramos algo....”.

jueves, 13 de marzo de 2008

Noche de folclor



Me bajo del auto. Del mismo vehículo blanco estilo cucaracha, se baja un chavalo moreno que camina, con su equipo fotográfico, con cara de “yo soy el más guapo”. Sonrisa perfecta, pose de don Juan y mirada coqueta. Nos dirigimos hacia la entrada “especial” para los medios, ubicada en la parte derecha de nuestro máximo palacio cultural. El Rubén Darío parece que está “full”. Los carrotes y carritos se apiñan en el pequeño espacio del parqueo.



Llegamos a la recepción, nos atiende un viejito flaquito con voz de mosquito, estira la mano con un papel para que anotemos nuestros nombres. Jumo atraviesa el pasillo, con su caminado fachento, sube las graditas que llevan hasta la parte trasera del escenario. Le sigo.



Cuando conocés el interior del teatro, algo de la magia se esfuma. Ya sólo ves un montón de gente corriendo como hormigas locas, apresuradas cambiándose atuendos de colores carnavalescos. En un segundo salimos Jumo y yo de ahí. Un evento desafortunado hizo que las hormigas se dieran cuenta de nuestra presencia y nos miraran acusadoramente, era el momento preciso para huir. No debíamos estar allí.



Afuera la gente, bien “chajineada”, espera dos horas de entretenimiento. Desde el primer balcón, observo las coreografías al compás de una marimba que suena alegre. Trajes vivos, abanicos, plumas, lentejuelas y medias. Luces amarillas, naranjas, rosas y celestes hacen que el escenario recupere el brillo ante mis ojos.



La música ahora suena a cumbia. Graciosamente simulan una boda norteña. Mis ojos se empeñan en reconocer entre los bailarines, el rostro de la pobre muchacha que acabamos de ver. Jumo se me perdió. Debe andar por ahí, haciendo disparos precisos para conseguir las mejores tomas. En esta polka, las bailarinas con faldas vaporosas en tonos pasteles y rostros cubiertos por gruesas capas de maquillaje extravagante, dan pasos enérgicos que a la vez tratan de lucir naturales. Los bailarines, con cotonas que parecen pijamas y sombreros campesinos, logran movimientos sutilmente femeninos para no quedar opacados ante sus parejas.



Pero cuando el zopilote resucita, la cosa se pone chistosa. En medio de luces tenues aparecen diez mujeres vestidas de negro y naranja, muy a lo Halloween, cargando cruces. Un bulto negro está en medio. Una guitarra triste despide acordes fúnebres, de lamento. ¡Ydeay! ¡Pero si es el zopilote! “Ya el zopilote murió, ya lo llevan a enterrar, échenle bastante tierra, no vaya a resucitar”. Pero este si revive, y hasta brincos pega. Se arma la fiesta y el negro emplumado hasta con las muchachas baila.



--¿Nos vamos? -- me dice con su voz de supuesto conquistador, el fotógrafo estrella.


-- Ya casi -- contesto. Me niego a salir, las lentejuelas de los trajes y el ritmo del solar de Monimbó me obligan a quedarme. Cuando no sos un espectador más, una hora de espectáculo deberá ser suficiente para hacer tu trabajo.



Salimos de la sala. Recordamos el penoso accidente ocurrido hace 60 minutos y nos reímos con un poco de culpa.


-- ¿Viste lo que le pasó a la muchacha?-- me dice Jumo, mostrando seguido, su sonrisa coqueta. --Seguramente vos tuviste la culpa--.


--Sí, es cierto. Yo fui-- le respondo con sarcasmo, riéndome de lo sucedido.



Pobrecita la muchacha. Entre tanto alboroto, corrió descalza, se enredó con el liso suelo de madera y cayó como costal justo a mis pies. No todos los días ves a una bailarina, enredada entre plumas, fustanes y lentejuelas, caerse de forma tan divertida justo antes de salir a bailar. Silencio. Sus compañeros voltean y descubren nuestra extraña presencia y sus miradas proceden a acusarnos injustamente. Como si nuestra intromisión hubiese causado el penoso incidente. No debíamos estar allí



http://www.manfut.org/masaya/trajes.html

martes, 19 de febrero de 2008

Parque redondo


En esta Managua llena de ruidos, vehículos y peatones ya quedan muy pocos parques en buen estado. Pero hay uno nuevo muy especial. Diferente. Es redondo y el tránsito de buses, carros, taxis y camiones lo rodean día y noche. Más importante aun, la virgen María lo vigila.

Las ganas que tenía de visitar este parque eran muchas. Pero cada vez que pensaba en la posibilidad de hacerlo me preguntaba: ¿cómo hace la gente para cruzar una rotonda?

Por fin me decidí. A las siete de la noche ya el parque era el punto de reunión de muchas vidas y destinos. Jóvenes, niños y adultos se encontraban allí, cada uno en su vida, su mundo, su distracción.
Estaba aterrada, los autos pasaban uno tras otro con sus focos brillantes amenazándome con su velocidad. Hasta que un joven moreno de amplia sonrisa, se percató de mi cara de susto y me ayudó a vencer el miedo y al fin me encontré sana y salva al otro lado. ¡Qué dicha que no me atropellaron! Después de tres meses de inaugurado, el parque ya tendrá un puente peatonal, ahí estaban las estructuras de hierro que esperaban ser instaladas. Ya los visitantes del parque podrán llegar a él, sin peligro.

Esta es la única rotonda de la capital en la que hay fritangas en cada una de sus salidas y en la que los carros se estacionan para comprar la cena. Hasta hay sillas y mesas plásticas, por si al cliente se le antoja comer al aire libre. Cada vez que paso por aquí, siento el olor a carne asada que invita a detenerse y llevarse un plato.

Bryan es un niño morenito, de ocho años, le falta un par de dientes, viste una camisa amarilla como el sol y tiene el pelo chirizo. Sus ojos son redondos y su mirada alegre.
Vive en el barrio La Primavera. Cuenta que es la primera vez que visita el parque, y mientras lo hace, no deja de columpiarse con agilidad. El columpio viene y va, me comienzo a marear por tener que seguirle con la mirada, pero Bryan sigue feliz meciéndose y hablando.

— Es bonito este parque. Me gustan los chinos. Dicen que fue la Alcaldía que lo puso, afirma.
— ¿Y vos cómo sabes eso?
— Le oí decir a mi papa, contesta rápido.
Los niños sí que oyen todo. No se les escapa nada. Ellos también observan. Y mucho. Es por eso que en el parque hay un altavoz para llamar la atención de las parejas que hacen “cosas privadas”.
— ¡A ver, la pareja que está sentada en la banca de la derecha, la muchacha de camisa roja y el joven de camisa verde! Por favor, recuerden que se encuentran niños en el lugar, se oye por los altoparlantes.
— Hay parejas que no tienen cuidado. Aquí hay muchos niños, reflexiona Rafael, un joven que trae a su hijo de dos años para que se deslice una y otra vez en el resbaladero, mientras señala, disimuladamente con la boca, a una pareja de tortolitos que se acurrucan y besan en una banca cercana.

El parque también sirve de gimnasio. Aquí la gente trota en sus sudaderas metálicas, baila break dance, hace pechadas y abdominales, juegan futbol... ¡Un, dos, tres, tap, tap, tap! Una muchacha gordita en licras rosadas, sube y baja escalones.
Adentro del parque no hay vendedores, la Alcaldía lo ha prohibido. Vanessa, una chavala de 16 años, rasgos marcados y cejas dibujadas en negro, se queda en la entrada con su hermana menor. Se apoya en un palo del que cuelgan cinco bolsas de algodón de azúcar. Las vende por cuatro córdobas cada una.

- Los mejores días son los fines de semana. Hoy he vendido más en las calles, dice.
Me compro un algodón naranja. Le pregunto cuánto le debo.
— Cuatro pesos. Evade rápidamente mi mirada, y agrega: ¡Qué pena!
— ¿Qué cosa?
— Es que me da pena vender. Yo la verdad soy nueva en esto. Desde hace 15 días empecé a vender. Antes sólo me dedicaba a mis estudios. Pero ni modo. Al menos no ando haciendo otras cosas. Con sus ojos apagados, hace un esfuerzo por sonreír.
Por ahora me tengo que ir. La dulzura del algodón me causó mucha sed.

Ahí se quedó Bryan meciéndose incansablemente en el columpio. Se quedaron los enamorados acurrucados y Vanesa esperando vender los últimos algodones. Todos ellos escoltados por la virgen.

Viene lo feo. Otra vez me tengo que cruzar. Me vuelve a dar pánico. Por un momento imagino que estoy tirada en el pavimento con un carro encima. Me pongo las pilas y me cruzo con miedo, siguiendo a una pareja que lleva un pitbull de paseo.

Está bonito el parque, iluminado y limpio. Antes de que el parque existiera, la rotonda solamente servía como pista para trotar, ahora, la gente que vive en este sector, ha encontrado un lugar para divertirse, relajarse o quizá sólo cambiar de ambiente. Pero algo es seguro: Voy a regresar hasta que esté instalado el útil y necesario puente.

jueves, 7 de febrero de 2008

Plaza Llena









Cindy Regidor








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Era la primera vez que estaba ahí entre un mar de gente. Antes había estado en ese lugar contemplando una fuente bailarina de colores. Ahora la plaza parecía una feria de gitanos con caramancheles apiñados esperando a los visitantes. La fuente fue reemplazada por una plancha de concreto cuyo centro estaba adornado con un inmenso árbol navideño, igual de colorido que nuestra Primera Dama. El sol recién se ocultaba y la plaza lucía como hormiguero alborotado.


Unos hombres montaban parlantes y luces en un escenario que esperaba a los artistas que luego harían que por fin aquel gentío se congregara alrededor de él.


No había ahí, como en otros conciertos masivos, un lugar para los periodistas que cubren el evento. Sola, con mi libreta y la misión de esperar a ver lo que pasara. Me dirigí hacia un extremo de la tarima buscando un lugar más o menos limpio a un lado de la acera para sentarme. Nunca me sentí tan sola entre tanta gente.


Palomitas de maíz bañadas en lo que parecía ser mantequilla, raspados rosado chicha, gaseosas, agua en bolsitas celestes y hasta fritangas esperaban a los compradores. Empezaron a llegar mujeres y hombres con sus “marimbas” de chavalos. Una muchacha huesuda que aparentaba unos veintitantos años caminaba con siete chiquitos a su alrededor, más una panza que prometía ser pronto un octavo.


Algunos de los concurrentes parecían llegar del trabajo, pues algunas señoras lucían sus delantales adornados con cintas de colores y diamantitos plásticos. La gente seguía llegando, el espectáculo aún no daba inicio.


Ahí estaban los policías guardando el orden y la seguridad, también estaban varios hombres vistiendo unas bonitas camisetas celestes de cuello y botones con un vistoso logo. Lucían serios, como queriendo infundir respeto. Quizá miedo. Me dirigí hacia un señor camiseta celeste, achinado, piel morena y pelo lacio:


—Disculpe señor, ¿usted no sabe a qué hora va a salir Carlos Vives?


(Silencio, una mirada esquiva, no hay respuesta. Vuelvo a preguntar).


—Señor, ¿no sabe quién maneja el programa de la actividad?


Más silencio. Al final, se decide por negar con la cabeza para luego ignorar mi presencia.


Un cuarto para las seis de la tarde, tres encargados de la Cruz Roja llevaban a un chavalito careto y llorón con un raspón sangriento en su mano. Quince minutos después reencontré al mismo chavalito con la mano ya vendada, jugueteando y riendo como si nada. Policías, agentes y voluntarios mostraban caras largas, que yo supuse insinuaban el hastío de tener que trabajar en vísperas de Año Nuevo.


Con la música de fondo, los borrachos con ropas lodosas y rotas empezaron a bailar. Lucían alegres, perdidos en el limbo de la embriaguez, disfrutando del ritmo del reggae.


Muchos iban y venían, mientras un niño sentado en el suelo juntaba hojas de palma para luego hacer una primorosa flor o un grillo y obtener a cambio de ellos uno o dos córdobas. Al lado, un muchacho de ropas flojas, lentes oscuros y pañuelo en la cabeza pasó y escupió casi sobre las chinelas de hule del niño.


Después de casi una hora del ir y venir de gente, del alboroto de los vendedores y el estruendo de la música, por fin apareció el primer artista de varios. Aunque la plaza aún no lograba verse llena, los presentes nos reunimos para escuchar al caribeño de larga cabellera rasta que interpretaba Canción de Amor al ritmo de la música del jamaiquino Bob Marley.


La fiesta continuó, todavía faltaban los destellos celestiales de los juegos artificiales y el vallenato del artista principal de la noche, que cerrarían la velada en honor al año que se despedía para ya no volver. Y aunque el 2007 se fue, ahí quedaron los niños vendedores, los borrachitos danzantes y un inmenso rótulo rosado que decía: Año del Poder Ciudadano.

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