viernes, 2 de mayo de 2008

Sentada en la parada


Sentada en la parada de buses de la UCA, miro a la gente. Viene y va, sube y baja. El asiento metálico está caliente. A mi lado está una muchacha que aparenta menos de veinte años, hace poco armó su champita para dedicarse a vender alguna que otra chuchería. Tiene en un canasto, bolsitas de mango de venta. Las moscas pasean alrededor de ellas.

Veo estudiantes, vendedores, panzas protuberantes de ambos sexos y chinelas de todos los colores. Llega la ciento veinte, espera tres minutos. El sol quema y la gente camina sofocada por el bochorno del mediodía. Se detiene la ciento cinco, viene a paso de tortuga. Espera pasajeros. A esta hora las ganancias probablemente no son muchas.

El interlocal viene a toda velocidad como de costumbre. Pero adelante, un taxi amarillo se parquea y permanece un largo rato obstruyendo el tráfico, esperando a algún posible pasajero que tenga más de 2.50. Un chavalo que va montado en la ciento tres saca la cabeza para escupir. Después se mete a la boca una bolsita de agua “purificada”.
- ¡Granada! ¡Masaya!-grita el cobrador, pero el letrero del microbús dice Jinotepe. Un flaco vende agua helada de camisa verde ya desteñida, le silba a una muchacha que camina contoneando sus anchas caderas que se esconden bajo la tela de su jeans apretado combinado con una camisa celeste cortita que deja ver un poco de sus pequeños pechos y de su abultado abdomen.

Extrañamente, el tiempo que he pasado sentada aquí, la mayoría de la gente que viene y va deposita la basura en un recipiente.
- ¿Cuánto cuesta el mango muchacha?-, pregunta una gordita con cierta desesperación.
- ¡Tres córdobas, amor!-.
- ¡Pasame la cartera Fabio!-. Le dice al muchacho, también gordo, que la acompaña.
Escoge una bolsa, seguramente de las mosqueadas y le echa un poco de sal, que gracias al polvo y a las incontables manos que la tocan se ha puesto color café. Pide dos bolsas de agua helada y dos paquetes de galleta. Ya tiene lista la merienda que disfrutará durante el trayecto en transporte colectivo.

Pasan dos estudiantes con ropas “rockeras”, hablan sobre la hora en que se verán más tarde para estudiar. Corre un viejito flaco y de rostro curtido, con dos enormes canastos, se le caen, los levanta rápido, ¡la ruta ya se va! ¡Lo deja! El reggaeton suena en la acera opuesta, la estación de buses interlocales usa el ruido como estrategia publicitaria para atraer pasajeros.

Mientras tanto la muchacha se dedica a pelar más mangos para luego meterlos en bolsitas y venderlos a tres pesos. Llega la ciento catorce y me monto, mañana seguro habrá más que ver.


3 comentarios:

Leyla Moncada dijo...

un cuento divertido!

L.Rivas dijo...

me gusto mucho lo de la experiencia en la parada de bus y tambien todo tu blog, ah por cierto gracias por el comment en mi blog tomare el consejo

Jorge Gallardo dijo...

Hola dejame decirte que encanto esa experiencia tuya muy buena creo que sabes lo que es ser un nicaraguense en la parada de bus Saludos