viernes, 2 de mayo de 2008

Voluntario de guerra, aún en lucha



A comienzos de los años 80, muchos jóvenes se escondían. No iban a las fiestas ni discotecas, no salían de sus casas, se iban del país en la primera oportunidad. Vivían con la zozobra de ser capturados para prestar el servicio militar obligatorio. Pero Javier Cortés Estrada no era uno de ellos. Más bien fue de los que se enroló en las filas del Ejército Popular Sandinista y sufrió las heridas de la guerra incluso antes de que hicieran el primer llamado a nivel nacional. “Yo me enlisté porque lo consideré necesario. Me fui voluntario aunque no tenía la edad. Tenía 16 años y una novia muy bonita. Era un chavalo como cualquier otro. Pero me fui por mis convicciones”.



Una muchacha todavía en pijamas abre la puerta de hierro de una de las 26 casas de la colonia Eche Guevara. En la sala hay un escritorio de metal ya corroído, y encima un monitor de computadora aparentemente inservible. Hay también unas sillas plásticas verdes y una grabadora que suena canciones románticas de moda.


Don Javier Cortés Estrada, de 40 años, vive en esta casa que consiguió con la ayuda de la Organización Revolucionaria de Discapacitados de Guerra (ORD), luego de que tres charneles, que recibió en el frente de guerra allá por Quilalí, lo dejaran lisiado de por vida. “Vivo feliz aquí en mi casa. Vivimos mi hermano, su esposa e hijos, mi pareja y yo”.
Cuando don Javier habla de su vida, del pasado y del presente, lo hace con total normalidad. No se mira en su rostro esa expresión de desesperanza y abatimiento que muchos lisiados – y también no lisiados- tienen. Todo lo contrario, cuenta su historia como una novela con un final un tanto radiante. Eso sí, también subraya que “para llegar hasta aquí he tenido que caminar un montón”.


Este hombre delgado, moreno y hablantín fue de los “jóvenes sin juventud” como él mismo lo dice. La voluntad de ir a combatir a la guerra nació desde años antes del triunfo de la Revolución. Teniendo solamente doce años, Javier notaba las extrañas desapariciones de jóvenes que eran llevados por la Guardia, cuyo único delito era tener el pelo largo o llevar algún raspón que probablemente se habían hecho jugando fútbol. “La Guardia agarraba a todos los muchachos que viera sospechosos, por cualquier cosita ellos te llevaban a matar. Todas esas cosas te ponen a pensar”.


La radio grabadora sigue encendida, don Javier habla sentado en una silla de ruedas especial para practicar deportes. De repente aparece en la sala un perro de esos “comecuandohay” que persigue a una raquítica gallina. También marcó mucho su forma de pensar, un tío con el que compartía su casa. “Mi tío andaba metido en el sandinismo. Me hablaba mucho de la necesidad de derrocar a Somoza para que Nicaragua fuera libre”.
Luego vino el triunfo de la Revolución. Pero al poco rato una guerra civil se avecinaba. Ese episodio de la historia que más de once mil nicaragüenses discapacitados no pueden olvidar. “Cuando la situación se pone difícil luego del triunfo, yo no quería que las cosas volvieran a lo mismo. No quería que otra vez la guardia se llevara a jóvenes. Entonces había que luchar.”
En estos años, a la juventud le tocó una carga muy pesada de la crisis política y militar. Muchos como Javier se dejaron llevar por un idealismo de heroicidad. Hoy, probablemente ese heroísmo sea juzgado como falta de realismo. “Mis papás estaban en contra de que mis hermanos y yo nos fuéramos, pero nos dieron la libertad de decidir.”



En 1983, cuando tenía 16 años, Cortés Estrada se enlistó en el Batallón 20-05 en Tipitapa. Ahí aprendió lo básico de artillería militar. También aprendió el oficio de zapador (soldado experto en hacer trincheras). Luego lo trasladan a Linda Vista al Batallón 38-83. El escuadrón es movilizado a la 1era región en la zona de Quilalí y Jalapa. Desde que llegó, Javier estuvo en el frente de guerra.



Mientras el perro “comecuandohay” juega alrededor de la silla de su amo, éste reflexiona: “Éramos un grupo de 9 ó 10 jóvenes. Todos nos hicimos amigos, pero nunca, ninguno de nosotros se imaginaba que podíamos quedar lisiados de por vida. Crees que te podés morir, pero no quedar así.” En Nicaragua, hay una gran cantidad de personas que quedaron en sillas de ruedas, por lo que conforman un grupo importante de la población que reclama su lugar en la sociedad.
Un día de tantos el pelotón de Cortés se dedicó a hacer fiesta. Todos empezaron a tomar licor. En ese entonces él no tomaba, era el encargado, junto con otros dos que tampoco lo hacían, de comprar el alcohol necesario para seguir parrandeando. “Uno de los que estaba tomando tenía problemas de psicosis, antes del triunfo había andado en la guerra. Cuando estaba bolo creía que estaba la Guardia y se ponía nervioso. De repente empezó a disparar, de dicha nadie salió herido. Pero los superiores se dieron cuenta del alboroto entonces se arrechan y de castigo nos mandan en un camión a Quilalí. El general ordena que nuestro grupo vaya al frente, justo donde está la Contra. Esa era la sanción.”



En ese momento la contra se reagrupaba, el Ejército Sandinista necesitaba unir fuerzas. Distribuyen, formando un anillo, a todos los soldados disponibles en grupos de cien para acorralar a las fuerzas contrarias. Ahí se encontraba Cortés, cuando la Contra se sofoca y empieza a lanzar morteros. “Esos morteros no son como los de ahora. Eran muchísimo más potentes. Llevaban pedazos de charneles, hierro, de todo...”. Uno de esos morteros cayó lo suficientemente cerca como para que impactaran en él tres charneles. Uno en el tobillo, otro en el costado y un último en la columna. “Me caí, me di contra una piedra y me quebré un diente. Un amigo, para salvarme se tiro encima de mí para evitar que me dispararan. El charnel que me pegó en la costilla, me lesionó el riñón derecho y el hígado”.



Una mujer de unos 30 años pasa desfilando por la pequeña sala de piso descolorado y lodoso, tropieza con el escritorio sarroso. La mujer camina apoyada de unas muletas. No tiene una pierna. Es la pareja actual de don Javier. “Al inició de mi recuperación me costó entablar relaciones sentimentales, pero ahora estoy happy. Tengo mi mujer, he tenido varias. Tengo también una hija de diecisiete años, de una relación pasada”.


Pero hace 24 años don Javier no estaba “happy”. Cuando se vio herido de gravedad, no tenía esperanzas de sobrevivir. “Al verme herido, mis amigos me sacaron. Yo no quería, yo quería que siguieran peleando y ahí me dejaran”. Sus compañeros lo trasladan hasta un centro de salud donde lo atienden unos paramédicos estudiantes de medicina. Sangraba internamente, por lo que el líquido se alojaba en el pulmón. Era urgente que lo operaran para poner a funcionar el otro órgano y así pudiera respirar. A los seis días, de casualidad, llega una avioneta a dejar provisiones, entonces aprovechan mandarlo a Managua. Lo trasladan al Hospital Militar, donde lo ponen en cuidados intensivos. Le practican una traqueotomía exploratoria. “Mi papá llegó a verme. Mi mama me tenía que ver por una ventanita porque no dejaban entrar a nadie.” Por supuesta negligencia médica, le dejan de poner oxígeno. Se agrava, se ve al borde de la muerte. Los doctores le hacen una perforación en el pecho para que pueda respirar.


Con el tiempo se recupera un poco. Todavía se encuentra débil porque desde que estaba “en la guerra no comíamos. Por allá que una naranjita.....”. Se percata de que no siente los pies. El charnel que le impactó en la columna le provocó una desviación lo que a su vez le produjo una compresión que le afectó la médula.


- Me tenían que hacer otra cirugía para componer la columna. Me mandaron a otra clínica donde me daban mejor comida. Pero me vieron mejora y me mandaron a rehabilitación -. En ese momento, don Javier se convence de la seriedad de su problema. ­-¿Para que puta quiero vivir hecho mierda?, decía yo. Me traté de matar, me tiré a un cauce que había cerca de la clínica de rehabilitación, pero un enfermero me sacó”-.


La psicóloga Wendy Bellanger expresa que es necesario que los discapacitados de guerra pasen por un período de terapias porque generalmente sufren de estados mentales depresivos. El aspecto psicológico, el apoyo familiar y la seguridad económica son fundamentales para que el discapacitado pueda lanzarse a su nueva realidad.
- Cuando quedas lisiado tenés unas consecuencias psicológicas bien grandes. Te ponés a pensar: ¿y la novia? ¿y la bailadera?” - cuenta don Javier. - Iba a ser carga de mis viejos. Pensás que ya nada de novia, que cual estudio. Tu vida cambia. Me iba a quedar acostado en una cama de por vida-.


Recuerda también que al comienzo no le gustaba andar por las calles en silla de ruedas. Cuando estaba en las paradas de buses la gente le daba limosnas. - A veces viejitos más necesitados que yo, me daban. Eso me desbarataba emocionalmente. Si se las aceptaba me sentía mal, y si no se las aceptaba decían que era malagradecido-; cuenta, ahora divertido.
El perro sigue jugueteando entre las piernas inmóviles de su amo. Éste sigue hablando, ignora la presencia del can que muerde su pantalón alicrado color negro. “Hice terapias psicológicas. Me dieron de alta, salí con bastón. Pero para mí, un bastón era peor que una silla de ruedas. Me quisieron poner aparatos ortopédicos, pero no me gustó. Parece caballo de coche uno. No quise los aparatos porque los músculos no trabajan. Yo quería recuperarme por mi cuenta”.


Actualmente el costo de una silla de ruedas de las normales cuesta unos 500 dólares. Las especiales andan entre $3,500 y $5,000 dólares. Don Javier cuenta con tres de las especiales, que ha conseguido gracias al centro de Capacitación a Discapacitados de Centroamérica (CADISCA). Este organismo convierte en técnicos a las personas que usan sillas de ruedas, también su labor está en lograr que cada uno de sus miembros logre reinsertarse en la sociedad y hacer una vida normal.
“Soy muy afortunado porque cuando entre a la clínica de rehabilitación me di cuenta de que había personas con situaciones peores que la mía. La vida no se acaba, es cierto que tenés limitantes, pero todo mundo las tiene. Si no son físicas, son mentales”. Luego de un período, sale del centro. Se lanza de nuevo a la sociedad, a la lucha. A los seis meses lo llaman para ser dirigente de la ORD. Lo ubican de coordinador de la parte deportiva.



A don Javier le gustan mucho los deportes. Representó a Nicaragua en un maratón de discapacitados en México. Practica todos los martes y jueves básquetbol en una cancha que se encuentra justo en frente de su casa. “Yo soy uno de los cinco instructores que hay en el país con título de manejo de sillas de ruedas”.
Don Javier Cortés, el año pasado, en una de las competencias de básquetbol
Pero al salir a las calles, se da cuenta de las limitantes que hay en una ciudad como Managua, que crece en desorden y en donde nunca se toman en cuenta las necesidades de los discapacitados, que transitan en la ciudad como en un nuevo campo de batalla. “En un centro de salud, ¡Sólo hay escaleras! ¿Cómo vamos a subir esas gradas los lisiados, los viejitos, las embarazadas?”.
Javier también habla del poco apoyo que han tenido los lesionados de guerra de parte de los gobiernos anteriores. “Vimos que no tienen voluntad de ayudarnos porque nos cerraron los centros de ayuda. Ahorita suscribimos convenios con el actual presidente.”



Cortés sigue siendo sandinista. - Soy sandinista danielista, militante del FSLN y he sido fiscal de mi partido en todas las elecciones que han habido- cuenta. Del total de discapacitados de guerra en el país, se calcula que un 65% combatió en las filas sandinistas.
Al preguntarle a don Javier sobre su manutención económica, dice que el INSS le pasa C$ 1,500 córdobas. Esta cifra es relativamente alta si se compara con otras pensiones de lisiados quienes reciben entre C$100 y C$ 380 córdobas. “Me mantengo con las promotorías sociales que hago, con pequeños proyectos”. Trabaja temporalmente con la Asociación de Discapacitados Físicos de Nicaragua (ADIFIN) como promotor de crédito.


“Todas estas cosas me llenan de satisfacción, porque siento que estoy aportando para el futuro. Trabajo por mi cuenta. Di charlas de autoestima, de auto cuido. Aquí tengo los folletos”. Mientras dice esto saca de una de las gavetas del escritorio viejo unos cuadernos encolochados que muestra con orgullo.


- ¿No se arrepiente de haber ido a la guerra?-.
No me arrepiento de haber ido a la guerra-.
¿Valió la pena haber quedado lisiado?-.
Al final, yo creo que si valió la pena la guerra, porque ahora tenemos leyes que respetar, no como antes que mataban a cualquiera a la hora que fuera.
El perro se cansa de morder el pantalón de don Javier y se va de la sala. La música sigue sonando de fondo. Don Javier concluye reflexionando, con una sonrisa de satisfacción, que “talvez no alcanzamos los objetivos que queríamos, pero al fin logramos algo....”.

2 comentarios:

franklin dijo...

Me gustó mucho el reportaje. Hay muchos héroes anónimos en nuestro pais

Imparcial dijo...

Pues la verdad es que cada uno tiene su punto de vista en cuanto a este tema. Para unos era una necesidad y se sienten satisfechos de haber sido parte de esta lucha, aunque ahora anónimos y nadie reconozca su esfuerzo. Para otros fue una verdadera pérdida de tiempo e hizo retroceder el país y ahora es uno de los más atrasados.
No me importa lo que piense la gente, al final cada uno ve su realidad, lo que me gusta del artículo es la foto. Está bonita.